Fitxa de espectacle

El caballero de Olmedo

Companyia: Compañía Nacional de Teatro Clásico. CNTC
Estrena: 25/09/1990, Teatro de la Comedia de Madrid


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Fitxa tècnica

Autor: Vega y Carpio, Félix Lope de
Direcció: Pérez Sierra, Rafael
Direcció escènica: Narros, Miguel
Intèrpret: Álvarez, Marcial, Blanch, Jaime, Calot, Juan, Canal, Antonio, Conde, Fernando, Conejero, Laura, Gómez, Carmelo, Goya, Ana, Marquina, Paz, Martínez, José Luis, Menéndez, Enrique, Paso, Encarna
Espai escènic: D'Odorico, Andrea
Producció: Compañía Nacional de Teatro Clásico. CNTC
Música: Paniagua, Gregorio
Versió: Rico, Francisco


Més dades


El Caballero de Olmedo, en primer lugar, es un prodigio de gracia y fluidez. La acción, amenísima, llevada a paso ligero, del enredo a la aventura y al lance emocionante, siempre a más, prende la atención de inmediato.
El espectador no puede sino verse arrastrado por las peripecias de la trama, por las pasiones que los personajes viven y comunican con una frescura y una naturalidad pegadizas, por el ingenio y la elegancia del diálogo. La alegría y el gozo de vivir reinan sobre las tablas.
Poco a poco, sin embargo, uno va sintiendo algo sombrío e inquietan te en el transfondo de esas escenas colmadas de humor y jovialidad, y en la chispeante intriga empieza a descifrar más bien la crónica de una muerte anunciada. La desazón crece por momentos: en el paisaje lleno de luz asoman nubes cada vez más negras, presagios cada vez más tristes. La comedia, sin dejar de parecerlo, se desliza hacia la tragedia: el río de la acción corre hacia el oscuro mar "que es el morir".
Cuando se estrenó la obra, hacia 1620, la sensación de inquietud debía ser todavía más honda, porque el público tenía muy presente la leyenda del Caballero, gracias a un baile (una mezcla de romance y pantomima) que la había llevado ya a los corrales y gracias a una seguidilla que andaba en boca de todos:
De noche le mataron,
al Caballero,
a la gala de Medina,
la flor de Olmedo.

Con esa copla en la cabeza, autor y espectador se hacían cómplices, compartían un secreto que los personajes solo podían intuir, y la función, desde el arranque, se contemplaba necesariamente con la perspectiva del final desdichado. Cuando la alcahueta, por ejemplo, alababa a Don Alonso llamándole "la gala de Medina", era inevitable recordar "que de noche le mataron" y percibir intensamente el amargo contraste entre el presente aún feliz y el destino trágico que marcaba el porvenir de los protagonistas. Por ahí, la obra entera consiste en realidad en un único, prolongado flashback: se inicia con la muerte del Caballero en la memoria del público y vuelve atrás para ir revelando paulatinamente las circunstancias y las sinrazones de esa muerte.
El drama está en que Don Alonso Manrique, el Caballero de Olmedo, es un extraño en todas partes. Forastero en Medina, el mismo hecho de lograr allí el amor de Doña Inés y hacerlo crecer con los triunfos que cosecha ante los ojos de toda la villa le atrae los odios que lo perderán. Obligado a recluirse en Olmedo y fiarse de terceros para evitar que a la dama la casen con otro, ¿qué puede hacer sino enredarse en una madeja de ilusiones y temores, alimentados antes por conjeturas que por certezas?. La culminación del proceso ocurre cuando, en el desenlace, se encuentra con la Sombra de sí mismo, literalmente: intruso en Medina, a disgusto en Olmedo, relegado a los márgenes de la acción, perdido en ensoñaciones y barruntos, ha acabado por quedarse definitivamente solo con sus fantasmas.
El destino del Caballero es más cruel porque lo tiene maniatado, acorralado en una destructora imposibilidad de obrar. Lope subraya ese hado, esa dimensión fatal, alejándolo del escenario durante buena parte de la representación: no lo muestra tanto como lo cuenta. Así, lo mismo antes que después de la noche en que le mataron, Don Alonso es una ausencia y una nostalgia: un perfil que pasa y se desvanece apenas entrevisto.
Esa imagen de fugacidad, en manos de otro autor de la época, difícilmente habría dejado de servir para endilgarnos una lección de "desengaño". Pero Lope prefiere ceder la palabra a la alcahueta Fabia:
La fruta fresca, hijas mías,
es gran cosa, y no aguardar
a que la venga a arrugar
la brevedad de los días.

Con la conjunción de risas y desasosiegos que da forma a la obra, Lope dice que la comedia es tan verdadera como la tragedia y las tinieblas de unos días no impiden el resplandor de otros. Junto a la melancolía por la caducidad de la belleza y las grandes esperanzas, en El Caballero de Olmedo hay también una limpia celebración del amor y la vida.

FRANCISCO RICO


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