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Jorge Picó · Alain BadiouAlain Badiou. Fotografía de Vorac Vogel.
Jorge Picó · Alain BadiouJorge Picó y Sergi López
Jorge Picó · Alain BadiouJorge Picó y Sergi López en 30-40 Livingstone
Jorge Picó · Alain BadiouJorge Picó con Tomás Motos, Antoni Navarro y los alumnos del Master Teatro en la educación de la Universitat de València

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Jorge Picó · Alain Badiou

Picó, Jorge

Jorge Picó, actor, director, docente y dramaturgo, nos habla hoy de Elogio del teatro, de Alain Badiou, publicado por la editorial Continta me tienes. 

Un libro extraordinario donde Badiou enlaza sus dos grandes pasiones, la filosofía y el teatro, y que nos habla del teatro como revolución real y como defensa efectiva ante cualquier clase de opresión, así como del teatro como el único medio de expresión que consigue "encarnar" una idea, vivificarla dotándola de ese cuerpo físico que es la representación.

Una pieza de lectura obligada para todos aquellos que se sientan llamados a reflexionar sobre el sentido, la virtud, el poder y el futuro del teatro.

Elogio del teatro
de Alain Badiou


No leía a un filósofo francés ocupándose tan bien del teatro desde Sartre y su obra Un théâtre de situations. A Badiou le tengo gran aprecio porque dentro de la cartografía de posiciones filosóficas sobre los inmigrantes ocupa la isla de los solidarios con los nuevos damnificados de la tierra. Badiou es un heredero del marxismo internacionalista que además profesa un amor por el teatro desde que tenía catorce años. Celebrémoslo y veamos lo que dialoga con Nicolas Truong.

El libro, dividido en cinco partes, empieza con una defensa de un arte amenazado, el teatro, como una confesión de amor, como un virus que le enferma, gracias a sus primeros espectáculos. Más tarde, en un típico movimiento provinciano de subir a París a ver teatro se encuentra con el TNP de Vilar, quien le hace comprender que “el teatro es más un arte de posibilidades que un arte de realizaciones”. Badiou se enciende filosóficamente bien pronto en las conversaciones pues define al teatro en su más alta expresión como “arte de hipótesis, de posibilidades, ese temblor del pensamiento ante lo inexplicable”.

Lógicamente, tras el descubrimiento, se lanza a leer teatro y devora Molière, Aristófanes, Claudel, Marivaux, Brecht, Shakespeare, Ibsen, Pirandello… antes de lanzarse a escribir teatro él mismo. Para Badiou la representación, punto de intensidad del teatro, es una travesía de luz cuyo horizonte son las obras de todos los tiempos y todas las latitudes. Pero me gustaría recoger lo pesando por este autor cada vez que asiste a estos “puntos de intensidad” porque desde Sartre que no leía a un filósofo francés interrogarse con tanto amor y tanta piedad sobre nuestro arte.
Ante la puesta en escena de No se sabe cómo de Pirandello por Marie-Jose-Malis destaca que no es la Forma y la Vida, por utilizar términos pirandelianos, lo que cuenta, tampoco el diálogo entre la ilusión y lo real, sino de “hacerle a cada espectador una confidencia íntima que sea portadora de una severa exhortación” para así poder escuchar la voz multiforme de Pirandello diciéndonos:
 
“Lo que ustedes son, lo que hacen, lo sé, pueden verlo y escucharlo en este escenario y, por lo tanto, ya no tienen ninguna excusa como para negarse a meditar a cerca de ello por su propia cuenta. De ahora en adelante, ya no pueden escapar al más importante de todos los imperativos: el de orientarse en la existencia, y en primer lugar, el de orientarse, como intentan hacerlo los actores ante ustedes, en el pensamiento”
 
Badiou eligió al final la filosofía pero le reconoce al teatro que “colma la parte de mí mismo por medio de la cual el pensamiento adopta la forma de una emoción.” Cuando le preguntan que por qué el teatro recibe tanto ataques de la derecha como de la izquierda habla de la tendencia que tiene la derecha (y está hablando de una derecha francesa bastante civilizada en comparación con la nuestra) “para la cual si el teatro no constituye la visitación respetuosa de un tesoro cultural debe abrirse un lugar en la industria de la diversión (…) El Cid en trajes contemporáneos para los estudiantes secundarios, Cleopatra en rock descarnado para los grandes: con qué volver rentable un presupuesto cultural elevado”. Acto seguido aclara que para él la diversión es la utilización de los medios teatrales para reafirmar las opiniones dominantes. Y ya se sabe que lo propio de una opinión dominante es dominar. Elogio y defensa pues de “la auténtica comedia que no nos divierte sino que nos deja en la inquietante alegría de tener que reírnos ante la obscenidad de lo real”.
Se inquieta su entrevistador ante una posible desacreditación de los espectáculos populares y aquí aparece el Badiou que gusta de las clases bajas apretujadas en las fiestas del teatro grande y auténtico, el ideal del gran Jean Vilar, justo al terminar la II Guerra Mundial. Igualando teatro con política de emancipación, ambos destinados a todo el mundo. Distinción muy clara (y  sociológica) del teatro: “como invención de formas nuevas que toman distancia respecto a las formas de dominación y la pura diversión como una pieza más de la propaganda dominante”. Y desde la izquierda “el peligro viene al considerar que el teatro ya pasó, que hay que superarlo desde el interior de sí mismo y deconstruirlo”. Desconfianza pues hacia el texto, desconfianza hacia el teatro hasta abolir la idea de representación y convertirla en una mostración. Para Badiou “la crítica nunca debe convertirse en una didáctica”. Badiou no se cierra a la ruptura, (y tiene a Romeo Castellucci presente a modo de ejemplo revelador) tampoco se cierra a que la invención teatral actúe en el escenario en el presente.

En la segunda parte de las entrevistas empareja al teatro con la filosofía desde su nacimiento conjunto en Grecia, hace más de 2.500 años. Cita obligada con Platón, quien pensaba que con la razón que curarían todos los males y que por ello el teatro había de ser vigilado y hasta condenado. ¿Por qué? Pues porque tanto la filosofía como el teatro se apuntan a analizar la existencia humana, pero la filosofía lo hace bajo el paraguas de las ideas, de forma directa, en el cara a cara del maestro frente al alumno y el teatro elige un desvío, un atajo. El atajo es la propia la representación y la distancia que ella conlleva. Pero ambos llevan una misma pregunta dentro: “¿cómo dirigirse a las personas de manera que piensen sus vidas de un modo diferente a como lo hacen habitualmente?
Después de repasar a Platón y a Rousseau llega a la conclusión de que filosofía y teatro “apuntan a crear en los sujetos una nueva convicción” y que todo ataque especulativo contra el teatro lo refuerza pues es “la máquina más grande que jamás se inventó para absorber las contradicciones”.
Sabiamente Badiou centra el punto esencial de la discusión no en el teatro mismo “sino en la discusión filosófica acerca del papel de la apariencia en el pensamiento
¿Y los filósofos o teóricos más fecundos del teatro? Pregunta Nicolas Truong. Pues está Diderot que prueba “que la imitación de una pasión no es para nada lo mismo que la pasión misma. El actor compone artificialmente la pasión, no la siente”. Y aquí escuchamos al Badiou más marxista pues le conmina al teatro, ya que las pasiones conciernen a la naturaleza, la tarea de “consolidar una forma de materialismo” o como decía Brecht de crear una “sociedad de amigos de la dialéctica”. Y así “hacerle justicia a filosofía del campo proletario y revolucionario”. Como Badiou piensa alto pues se sacude etiquetas, “teatro político”, “teatro filosófico” o “teatro psicológico” pues afirma que en filosofía no cuentan más que los grandes sistemas que dan respuesta al hombre, sin que les cuelguen adjetivos, y lo mismo vale para el teatro. 

En la cuarta parte del libro entrevista se ocupa de las relaciones entre danza, cine y teatro, situando al teatro entre la danza y el cine, que es una forma de relacionarlo con ambos: “entre la inmanencia que exalta la danza y la transcendencia que presenta la imagen. Y deseemos que no lo absorba ninguna de las dos” .¿Y qué garantiza que no sea absorbido? El texto, sin fetichizarlo, desde ahí propone que se entablen las negociaciones para que el cuerpo danzante y la imaginería espectacular no sequen al teatro. Y os recomiendo que leáis atentamente su definición de texto teatral. La grandeza de su pensar, reside, en mi opinión, en considerar al teatro como un acontecimiento del pensamiento, ideas encarnadas en un cuerpo, y lo que muestra este arte es la tensión entre la transcendencia y la inmanencia de la idea. Tan importante es esta afirmación en el autor que considera que es “el único tema del teatro”. Más adelante encontramos otra buena definición: “el teatro es el lugar de la apariencia viviente de la idea”. Pero, ante un mundo que se acomoda nihilistamente a la ausencia de ideas o que confunde idea con las proyección de nuestros intereses (nuestros apetitos, nuestras satisfacciones…) tratándolas como si fueran ideas la misión del teatro es, anotad bien, “mostrar la confusión como confusión” y de esta forma se opera un cambio en el espectador, aunque a veces pase inadvertido.

Y el cuarto y último capítulo titulado “Escenas políticas” escribe sobre la teatralidad de la política, abre espacios al denominado “teatro político”, masca el problema del poder del Estado y su vigilancia hacia el teatro. Terminando con una afirmación clara: el teatro debería ser obligatorio en la instrucción pública. El último capítulo habla del lugar del espectador en el teatro, del tipo de actor que estima, aquel que “se dirige a mí para mostrarme lo que el personaje podría hacer mucho más que lo que hace. El actor cuya apariencia señala, con firmeza pero con el ahorro máximo, aquello que encierra la interioridad (…) que consigue que me comunique con el inconsciente del personaje”

La última pregunta del entrevistador es acerca del futuro del teatro. La querencia de Badiou es que aporte una oferta de sentido, que nos oriente a través del imaginario, que deshaga nudos, desmonte trampas, nos saque de laberintos… un milagro en definitiva, ligado a la poético, un aroma de pensamiento nuevo que olemos, un olor que no sabíamos podíamos llegar a percibir, pero que secretamente deseábamos. Una joya de libro. 

Jorge Picó
Actor, director, docente y dramaturgo

Jorge Picó
 (Valencia, 1968) es licenciado en Filología Inglesa por la Universitat de València, titulado en Arte Dramático por la Escuela Superior de Arte Dramático de Valencia (ESADV) y Diplomado de la École Internationale Jacques Lecoq de París.

Ha sido profesor de movimiento en la ESADV y profesor en el Institut del Teatre de Barcelona, además de enseñar cada año en el el máster Teatro en la Educación que imparte la Universitat de València.

Trabajó con Linus Tünstrom, Edward Wilson y Philippe Genty antes de fundar Ring de Teatro, su propia compañía. Sus espectáculos se han programado en el Teatro de la Abadía de Madrid, la Sala Timbre 4 de Buenos Aires, El Festival Internacional de Bogotá, el Teatre Lliure, el Centro Nacional de las Artes de México, el Théâtre Rond Point de París o el Festival Cica de Río de Janeiro, entre otros teatros destacados.

Ganador del Premio Max de Teatro por Non Solum, I Premio Alejandro Casona por Cualquier día nos verán soñar y del Cinc Segles de la Universitat de Valencia por Enciéndeme. En Octubre del 2016 estrenará la puesta en escena de Figures en el Théâtre Lillico de Rennes, una coescritura junto a Damien Bouvet.

Colabora en el blog de Cristianisme i Justícia y es voluntario en Caritas Sant Feliu de Cataluña.
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